Oloman encuentra una gran cantidad de predestinados entre los atletas que participan de las olimpíadas de Beijing, como el nadador egipcio Ahmed Nada, el rumano Constantin Popa, cuya especialidad es el canotaje, o el remero checo Vaclav Chalupa, además de los nadadores Evgeniy Lagunov, Melania Costa y Smiljana Marinovic. En el camino se encuentra con otros nombres curiosos o divertidos —al menos para nosotros— como Paula Pareto: «esta judoka argentina ha ganado el 20% de sus combates, que le han reportado el 80% de sus trofeos».
Hugo Sánchez, de Caracas, amablemente nos envía un artículo de Mario Calderón, profesor de la Universidad de Puebla, que se llama «La independencia mexicana a través de la significación del lenguaje». En el artículo se examinan diversos eventos y actores de la independencia mexicana relacionándolos con el significado de sus nombres. Así, Ignacio Allende, uno de los primeros que asume en México las ideas revolucionarias llegadas de Francia, tiene un nombre que se deja interpretar como «fuego de la parte de allá», mientras que el nombre de Mariano Matamoros puede traducirse como «hombre marcial que mata o aniquila a los que son de bando distinto».
Nos parece que el autor se excede un poco en su ansia interpretativa, pero el artículo contiene una cita del psicólogo Carl Gustav Jung que nos resultó muy interesante, porque describe con exactitud el fenómeno de los predestinados que tanto nos divierte en este sitio.
Uno se ve en apuros para determinar cómo ha de interpretarse el fenómeno que Shekel denomina «la compulsión del nombre». Se trata de una en parte grotesca coincidencia entre el apellido y las peculiaridades o la profesión de un hombre. Así, por ejemplo, el señor Gross [grande] padece de megalomanía, el señor Kleiner [pequeño] tiene un complejo de inferioridad. Dos hermanas Altmann [hombre viejo] se casan ambas con hombres que le llevan veinte años de edad; el señor Feist [obeso] es ministro de alimentación; el señor Rosstäuscher [chalán tramposo] es abogado; el señor Kalberer [comadrón veterinario] es partero [...] ¿Trátase aquí de absurdos caprichos del azar o de un efecto sugestivo del nombre, como parece suponer Shekel, o de «coincidencias significativas»?
Una pequeña exploración nos lleva a la página de la Wikipedia sobre nominative determinism, que ofrece muchos ejemplos de predestinados en inglés. Allí hacen una sutil distinción con los aptronyms: en este caso sólo se señala la concidencia, en aquel se postula además que el nombre influye activamente en las decisiones vitales de su portador. También citan al mismo Jung refiriéndose a los grandes protagonistas de la psicología de su época:
Herr Freud [alegría] defiende el principio de placer, Herr Adler [águila] la voluntad de poder, Herr Jung [joven] la idea de renacimiento…

Hernán Gomina es peluquero, según descubrió Pher Chorny.

No es muy tranquilizador que un oficial de policía se llame Jorge Alfredo Mato. La fotografía fue tomada en Buenos Aires y muestra el nombre de un destacamento policial cerca de General Paz y avenida San Martín. (Un servicio a la comunidad de Esteban D. Grinbank.)
Alberto Torrado será ejecutivo de la cadena de cafeterías Starbucks en Argentina. En la ciudad de Cutral-Có hay problemas de sequía y su intendente se llama Ramón Rioseco. En 1813, Andrés Tejeda inventa una máquina hiladora. (Predestinados detectados respectivamente por Pedro Cánepa, Néstor Frapiccini y Pablo Hocevar, sabuesos implacables.)
Juan Luis nos señala que el dibujante Mauro Entrialgo está incluyendo predestinados en su tira diaria del diario español Público. Bajo el tag Como su propio nombre indica aparecen personajes reales como el doctor Riesgos, especializado en tabaquismo, el ciclista Ángel Vicioso, acusado de dóping, y Costas Sinolakis, investigador de tsunamis, además de algunos antipredestinados, como el asesor de imagen Julio Feo.

Marcos Rueda tiene una empresa de transporte en el noroeste de Argentina. No dudó cuando tuvo que bautizarla. (Descubrimiento de Horacio Peña.)